El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quería impresionar a Xi Jinping con una jornada de pompa y oropeles en la primera visita del líder chino a la Casa Blanca en once años, y guardó el plato fuerte para el final: un banquete de Estado para 134 invitados, con guiños a las dos culturas y un largo elenco de personalidades. Y en el que no hubo alusión alguna en los discursos, en el brindis o en los cordiales saludos entre los invitados, a las importantes tensiones en áreas clave de la relación bilateral más importante del mundo: ni a la inteligencia artificial ni a la frágil tregua arancelaria prorrogada momentáneamente.
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